Rojo y blanco

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—¡Ah! ¿Porque es ministro quiere hacerme correr? Dile, de mi parte, que no pienso ir al ministerio, y que le ruego encarecidamente no se acerque por mi casa. El negocio de ayer está liquidado; hoy debo ocuparme de otros.

Como quiera que Luciano se apresurase a salir, su padre continuó:

—Quédate un poco más. Tu ministro es un genio en cuestiones administrativas, pero no hay que adular a los grandes hombres, de lo contrario se abandonan… Me dices que adopta un tono vulgar e incluso grosero contigo. Contigo es demasiado. En cuanto este hombre no declama en medio de un salón, como un prefecto acostumbrado a hablar solo, se muestra grosero con todo el mundo. Y es que se ha pasado la vida entera reflexionando sobre el gran arte de dirigir a los hombres y conducirles a la felicidad por medio de la virtud.

El señor Leuwen miraba a su hijo para ver cómo se tomaba aquella frase. Luciano no prestó atención a lo ridículo de aquélla.

—¡Cuán lejos se halla todavía de saber escuchar a su interlocutor y de encontrar el medio de aprovechar sus errores! —pensó el señor Leuwen—. Mi hijo es un artista; su arte exige una casaca bordada y una carroza, del mismo modo que el arte de Ingres y de Prudhon exige un caballete y una paleta.

Luego prosiguió, refiriéndose a su hijo:


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