Rojo y blanco
Rojo y blanco —No veré en los exabruptos de ese estúpido otra cosa que un infantilismo mezclado de falsedad.
—¿Tendrás bastante valor para seguir el programa que te indico?
Durante los dÃas siguientes a aquella lección paternal, el ministro hablaba a Luciano con aire abstraÃdo, como hombre agobiado por asuntos de la más alta importancia. Él respondÃa con las menos palabras posibles y cortejaba a la señora condesa de Vaize.
Una mañana, el ministro entró en el despacho de Leuwen seguido por un empleado del ministerio que llevaba una enorme cartera. Una vez que éste hubo salido del despacho, el ministro corrió personalmente el pestillo de la puerta y, sentándose familiarmente cerca de Luciano, le dijo:
—Este pobre N…, mi predecesor, era sin duda un hombre honrado. Pero la gente tiene sobre él extrañas ideas. Pretenden que se aprovechaba de la situación que ocupaba para hacer negocios.