Rojo y blanco

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—Pero, hijo, si es un animal. ¿Es culpa suya si el azar le ha dado el genio de la administración? No es un hombre como nosotros, sensible a los buenos procedimientos, a la amistad continuada, y hacia el cual pueda uno permitirse portarse delicadamente; lo tomaría como una debilidad. Es un prefecto insolente después de comer que, durante veinte años de su vida, ha estado temblando cada mañana de ver su posible destitución en el Moniteur; es todavía un procurador bajonormando sin corazón ni alma, pero dotado, en cambio, de un espíritu inquieto, y tímido como un niño. Insolente como un prefecto durante dos horas por la mañana, y humilde como un cortesano novato durante dos horas, en un salón, por las noches. Pero todavía no ha caído la venda de tus ojos; no creas ciegamente en nadie, ni en mí mismo. Todo esto podrás comprobarlo dentro de un año. En cuanto al agradecimiento, te aconsejo que borres esta palabra de tu diccionario; existe un pacto, un contrato bilateral con el tal de Vaize inmediatamente después de tu regreso a París (tu madre dijo que moriría si te marchabas a América). Él se ha comprometido a arreglar el asunto de tu deserción con su colega de la Guerra, hacerte su consejero y secretario particular y a concederte una condecoración al cabo de un año. En reciprocidad, mi salón y yo nos hemos comprometido a alabar su importancia, sus virtudes y, sobre todo, .su honradez. He conseguido que le nombrasen ministro, he abogado por él en la Bolsa, y en ésta me he encargado de realizar, a medias, todas las operaciones basadas en los despachos telegráficos. Ahora pretende que yo también me había comprometido para llevar a cabo los negocios de Bolsa basados en las deliberaciones del Consejo de Ministros, pero esto no es verdad. He hablado con el señor N…, ministro de…, que no tiene ni idea de la Administración, pero que sabe adivinar y leer en las caras de las personas. Él, N…, prevé las intenciones del rey con ocho días de anticipación, y en cambio el pobre de Vaize no puede adivinarlas ni con una hora de adelanto. En dos Consejos ha sido ya derrotado de la manera más lamentable, desde que es ministro. Hijo mío, métete en la cabeza que el señor de Vaize no puede pasarse sin mí. Si yo me convirtiera en un imbécil, si cerrara mi salón y no asistiera a la ópera, quizá podría pensar entenderse con alguna otra Casa, aunque no le creo capaz de tomar una decisión semejante. Va a tratarte duramente cinco o seis días, después de los cuales se producirá en él una explosión de confianza. Éste es, precisamente el momento que más temo. Si adoptas el aire contrito y agradecido de un empleado de cien luises anuales, estos sentimientos loables en sí, unidos a tu aspecto juvenil, te clasificarán para siempre entre la clase de tontos a los cuales se puede agobiar a trabajo, comprometer y humillar del mismo modo que antiguamente se consideraba al tercer Estado.


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