Rojo y blanco

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La frialdad de Luciano mientras escuchaba los elogios que se hacían a su talento era de tal modo glacial, sin darse cuenta de que también él estaba exagerando su papel, que el ministro, desconcertado, empezó a hablar mal de M…, el jefe de negociado. Una cosa impresionó a Leuwen: el ministro no había leído el informe del señor M…

—¡Vaya!, voy a decírselo —pensó Luciano—. ¿Qué mal puede haber en ello?

—Su Excelencia se halla de tal modo agobiado por los grandes asuntos tratados en Consejo y con la preparación del presupuesto de su ministerio, que no ha tenido tiempo para leer el informe del señor M…, al que censura, y con razón.

El ministro tuvo un arranque de cólera. Atacar sus aptitudes de trabajo, dudar de las catorce horas que, según decía, pasaba sentado tras la mesa de su despacho, era como atacar su paladismo.

—¡Pardiez!, caballero, pruébemelo usted —dijo enrojeciendo de ira.

«Ahora me toca a mí», pensó Leuwen.

Y triunfó por medio de la claridad, de la moderación, y por su respetuosa educación. Demostró palpablemente al ministro que no había leído el informe del pobre señor M…, tan injuriado. En dos o tres ocasiones, el ministro intentó zanjar la cuestión.


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