Rojo y blanco

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—Tanto usted como yo, mi querido amigo, lo hemos leído todo.

—Su Excelencia me permitirá decirle que me sentiría indigno de su confianza, yo, un debutante en la carrera, que no tiene otra cosa que hacer, si leyese mal o demasiado ligeramente un documento que se me ha confiado examinar. En el quinto apartado del informe hay…, etcétera, etcétera.

Después de haber vuelto tres veces el asunto a su verdadero punto, Luciano consiguió el éxito que hubiera sido fatal para cualquier otro burócrata: redujo al ministro al silencio. Su Excelencia salió del despacho hecho un basilisco, y nuestro héroe le oyó tratar duramente al infeliz jefe de negociado, al cual había hecho pasar el ujier al despacho del ministro. La atronadora voz de éste llegó hasta la antecámara, a la que daba la puerta disimulada por la cual se entraba en el despacho de Luciano. Un anciano criado, colocado allí por el ministro del Interior, Crétet, y del cual el joven secretario sospechaba ejercía las funciones de espía, entró sin ser llamado.

—¿Su Excelencia necesita algo?

—Su Excelencia no, pero yo sí. Deseo rogarle muy seriamente que no entre nunca en este despacho si antes no ha sido llamado.

Aquélla fue la primera batalla de Leuwen.


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