Rojo y blanco

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Luciano estaba, como todas las almas tiernas, verdaderamente desesperado: todo le era indiferente; no escogía sus amistades y se relacionaba con cualquiera que se presentara; y Desbacs se presentó. El joven Leuwen ni se dio cuenta de que Desbacs le rondaba. Vio que Luciano deseaba verdaderamente aprender y trabajar, y se agregó a él en calidad de recopilador de informes, no solamente en los archivos del ministerio del Interior, sino en todas las oficinas ministeriales de París. Nada era más cómodo para nuestro héroe, ni abreviaba más su trabajo. En contrapartida, Desbacs no faltaba jamás a las cenas que la señora Leuwen había instituido, una vez por semana, para los empleados del ministerio del Interior amigos de su hijo.

—Entablas amistad y permites la entrada en esta casa a tipos bien extraños —le decía su marido—. Quizá no son otra cosa que espías de segunda fila.

—O personas de méritos no reconocidos: Béranger fue empleado con mil ochocientos francos de sueldo. Pero, sean lo que sean, se ve claro en las actitudes de Luciano que la presencia de hombres le importuna y le irrita. Éste es el género de misantropía que menos se perdona.

—Y tú quieres cerrar la boca a sus colegas del ministerio del Interior. Pero por lo menos procura que no vengan a nuestras reuniones de los martes.


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