Rojo y blanco
Rojo y blanco Lo que se proponía el señor Leuwen era que su hijo no tuviera ni un minuto de ocio ni que se encontrara solo. Comprobó que con la hora que pasaba todas las noches en la ópera no estaba demasiado ocupado.
Se encontró con él en el salón de los Bufos.
—¿Quieres que te acompañe a casa de la señora Grandet? Está resplandeciente esta noche, sin duda alguna es la mujer más hermosa de la sala. Sin embargo, no quiero venderte gato por liebre: primero te acompañaré junto a Duvernoy, cuyo palco es contiguo al de la señora Grandet.
—Preferiría, padre, no tener que hablar con nadie más que contigo esta noche.
—Es necesario que la sociedad conozca tu cara como formando parte viva de mi salón.
Ya antes, y en varias ocasiones, el señor Leuwen había querido acompañarle a veinte casas del justo medio, muy interesantes para el jefe de la secretaría particular del ministerio del Interior; Luciano siempre había encontrado pretextos para diferir la visita. Decía:
—Soy todavía demasiado novato. Déjame que me cure de mi distracción; cometería alguna tontería que se me colgaría como un sambenito y podría desacreditarme para siempre… La primera impresión que se produce es importante… Etc., etc.