Rojo y blanco

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Pero no se limitaba a tener disposición para pintar acuarelas, sino que era una conversadora desenfrenada. Estaba arreglado el que durante una conversación osara pronunciar palabras terribles como felicidad, religión, civilización, poder legítimo, matrimonio, etc.

«Creo, Dios me perdone, que intenta imitar a la señora de Staël —se dijo Luciano al escuchar una de aquellas elucubraciones—. No deja pasar nada sin meter baza. Y lo que dice es apropiado, pero vulgar hasta la desesperación, aunque sea dicho con acento noble y delicado. Apostaría cualquier cosa a que hace provisión de inteligencia en los manuales de a tres francos el ejemplar».

A pesar del perfecto desagrado por la belleza aristocrática y las gracias imitativas de la señora Grandet, Luciano fue fiel a su promesa, y dos veces por semana aparecía en los salones considerados como los más agradables del justo medio.

En cierta ocasión, al regresar hacia la medianoche a su casa, y mientras su madre le preguntaba sobre quién había estado en el salón de los Grandet, su padre les interrumpió, preguntando:

—¿Qué has hecho para atraer la atención de la señora Grandet hacia ti?

—He imitado las cualidades que la hacen tan seductora: he pintado una acuarela.


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