Rojo y blanco
Rojo y blanco —¿Y qué tema ha elegido tu galantería? —preguntó la señora Leuwen.
—Un fraile español montado en un asno, y al que Rodil manda colgar.
—¡Qué horror! ¡Qué creerán en aquella casa de ti! —exclamó la señora Leuwen—. Además, tú no eres así. Presentas todos los inconvenientes de su carácter y ninguna de sus ventajas. ¡Mi hijo un verdugo!
—Tu hijo un héroe: he ahí lo que la señora Grandet ve en los suplicios causados sin miramientos a los que no piensan como ella. Cualquier joven que fuera delicada, inteligente, que viera las cosas tal como son, en fin, que tuviera la suerte de parecerse a ti un poco, me consideraría como un ser repugnante, por ejemplo, como un sicario de los ministros que aspira a ser nombrado prefecto y buscar otras calles Trasnonain en Francia. Pero la señora Grandet busca el genio, la gran pasión, la inteligencia brillante. Para una pobre mujercita que no tiene otra cosa que suerte y felicidad, y aún ésta de lo más vulgar, un fraile mandado al cadalso, en un país supersticioso, y precisamente por un general del justo medio, es algo sublime. Para ella, mi acuarela es como un cuadro de Miguel Ángel.
—Así, vas a adoptar el triste actuar de un don Juan —dijo la señora Leuwen con una profundo suspiro.
El señor Lewen soltó la carcajada.