Rojo y blanco

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»Hay que reconocer —prosiguió el ministro riendo— que por mucha habilidad que desplieguen estos señores literatos, el público no puede ya seguir leyendo estas riñas en las cuales dos obreros albañiles habrían asesinado a tres granaderos armados de sables, sin la intervención del puesto de guardia próximo. Incluso los soldados, en los cuarteles, se burlan de esta parte de nuestros periódicos que hago incluir en cada tirada. En medio de este estado de cosas, ese diablo de N…, atormentado por las dos estrellas que ya se figura ver brillar sobre sus charreteras, está intentando que se produzcan hechos. Y, amigo mío. —añadió el ministro bajando la voz—, el asunto Kortis, tan enérgicamente desmentido por los periódicos de ayer por la mañana, es cierto. El tal Kortis, uno de los hombres más afectos al general N…, un hombre que cobra trescientos francos mensuales, intentó el miércoles pasado desarmar a un infeliz recluta, al cual estaba vigilando desde hacía ocho días. Dicho recluta fue puesto de centinela en medio del puente de… a medianoche. Media hora más tarde, Kortis, imitando a un borracho, avanzó en dirección a él. Súbitamente, se lanza sobre el recluta e intenta arrebatarle el fusil. Aquel demonio de recluta, tan ingenuo en apariencia y elegido precisamente por su aspecto, retrocede dos pasos y le mete a Kortis dos balas en el vientre. Resultó que el tal recluta era un experto cazador del Delfinado. La tenemos a Kortis mortalmente herido, pero el diablo quiere que todavía no esté muerto.


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