Rojo y blanco

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»El general N… paga mejor a sus agentes de policía que yo a mis empleados; y ello por una simple razón: los asuntos que vigilan inspiran mucho más temor que aquellos que son el pasto ordinario de la policía del ministerio del Interior. No hace ni un mes que el general N… se me ha llevado dos hombres; aquí tenían cien francos de sueldo, y cinco o diez francos de propina cuando acertaban a traer algún informe interesante. El general les ofreció doscientos cincuenta francos mensuales, y yo no he podido hablar de este cambalache más que en tono de broma. Debe sentirse furioso por la escena de esta mañana y por los elogios de que he sido objeto en su presencia, y casi que a costa suya. Un hombre inteligente como usted puede adivinar perfectamente lo que sigue: si mis agentes se enteran de algo junto a la cama de Kortis, tendrán buen cuidado de traer su informe a mi despacho cinco minutos después que me hayan visto salir del edificio de la calle Grenelle, y una hora antes, el general N… les habrá podido interrogar a su placer.

»Ahora, amigo Leuwen, ¿quiere usted sacarme de un gran compromiso?».

Después de un corto silencio, Luciano respondió:

—Sí, señor.

Pero la expresión de su cara era infinitamente menos aseverativa que su contestación. Luciano continuó mostrando un aspecto glacial y prosiguió:

—Supongo que no deberé hablar con el cirujano.


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