Rojo y blanco

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—Muy bien, amigo mío, muy bien; adivina usted el meollo de la cuestión —se apresuró en responder el ministro—. El general N… ya ha hecho algo, seguramente demasiado. El cirujano en cuestión es una especie de coloso, un tal Monod, que no lee otro periódico que el Courrier français en el café próximo al hospital y que, a la tercera tentativa del hombre de confianza de N… ha contestado al ofrecimiento de una condecoración, con un puñetazo efectivo que ha enfriado considerablemente el celo del hombre de N…, y además, ha dado una escena en el hospital.

—¡He aquí a un miserable —exclamó Monod—, que me propone con toda tranquilidad que envenene con opio al herido del número 13!

El ministro, cuyo tono hasta entonces había sido vivo y sincero, se creyó en la obligación de hacer dos o tres frases elocuentes como el Journal de Parts sobre que, en cuanto a él, era de la opinión de que jamás se debió hablar con el cirujano.

El ministro terminó su relato. Luciano estaba violentamente agitado. Después de un silencio inquietante, acabó por decir al ministro:

—No quiero ser un inútil. Si obtengo de Su Excelencia la autorización para conducirme con Kortis de la forma en que lo haría el más afectuoso de sus parientes, acepto la misión.


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