Rojo y blanco
Rojo y blanco Encontró a Desbacs en su despacho.
—La esposa de Kortis ha escrito. Aquà está la carta.
Luciano la cogió.
… Mi desventurado esposo carece en el hospital de las atenciones necesarias. Para que mi corazón pueda prodigarle los dudados que le debo, es absolutamente necesario que alguien me sustituya cerca de estos desdichados niños que pronto serán huérfanos… Mi esposo ha sido herido de muerte en los peldaños del trono y del altar… Reclamo justicia a Su Excelencia…
«¡Al diablo Su Excelencia!, pensó Luciano. No puedo decir que la carta haya sido dirigida a mÃ…».
—¿Qué hora es? —preguntó a Desbacs.
QuerÃa tener un testimonio irrecusable.
—Las seis menos cuarto. En los despachos no quedan ni los gatos.
Luciano anotó la hora en una hoja de papel. Llamó al empleado espÃa.
—Si alguien viene a preguntar por mi durante la tarde, dile que he salido a las seis.
Observó que la mirada de Desbacs, de ordinario tan tranquila, resplandecÃa de curiosidad y de deseos de mezclarse en el asunto.
«Puede que no seas más que un pillo, amigo mÃo —pensó—, y quizás incluso un espÃa del general N…».