Rojo y blanco
Rojo y blanco —De la policÃa mÃa, sÃ, mi querido ayuda de campo. Pero ¿puedo ser responsable ante usted de las estupideces que cometan los demás policÃas? ¿Quién puede garantizarme que después de mi salida, no se ha dado el mismo encargo a otro ministro? La inquietud es grande en palacio. El artÃculo del National es abominable por su moderación. Hay en él una finura, una altivez de desprecio… En los salones lo leerán de cabo a rabo. No es éste el tono de la Tribune… ¡Ah, este Guizot que no hizo consejero de Estado a Carrel!
—Se hubiera negado a aceptar mil veces. Es preferible ser candidato a la Presidencia de la República que consejero de Estado. Uno de éstos tiene doce mil francos de asignación, y recibe treinta y seis por decir lo que piensa. Por otra parte, todo el mundo habla de él. Pero incluso que estuviera al lado del lecho de Kortis, no lo provocarÃa a un duelo.
Aquel episodio de verdadero joven, dicho con fuego no pareció complacer demasiado a Su Excelencia.
—Adiós, adiós, amigo mÃo, y buena suerte. Le abro un crédito ilimitado de confianza, téngame usted al corriente. Si no estoy aquÃ, sea amable, moléstese en buscarme.
Luciano regresó a su despacho con el andar resuelto de un hombre que va al asalto de una baterÃa. Sólo habÃa una diferencia: que en vez de pensar en la gloria, pensaba en la infamia.