Rojo y blanco
Rojo y blanco Aquella firme gravedad terminó por imponerle. El herido fue examinado e interrogado formalmente. Monod, el cirujano de la sala a la que pertenecía la cama n.º 13, hizo un sucinto informe. Luego se alejaron de la cama del herido, y en una habitación a parte se hizo la consulta que el doctor Monod escribió, mientras un joven médico, que llevaba un apellido muy conocido en las Ciencias, redactaba el atestado al dictado de Leuden.
De siete médicos o cirujanos, cinco llegaron a la conclusión de que el herido podía fallecer de un momento a otro, el resto le concedió un plazo de dos o tres días. Uno de los siete propuso administrarle opio.
«¡Ah!, vaya, éste debe de ser el infame sobornado por el general N…» —pensó Leuwen.
Se trataba de un caballero muy elegante, de hermosos cabellos rubios, que llevaba en el ojal dos cintas enormes.
Luciano leyó sus pensamientos en la mirada de la mayoría de aquellos caballeros. Se hizo justicia a esta proposición con dos palabras:
—El herido no está aquejado de atroces dolores —dijo el médico de más edad.
Otro propuso una abundante sangría en el pie para prevenir una hemorragia interna. Luciano no veía que en tal medida hubiera nada de política, pero el doctor Monod le hizo cambiar de opinión al exclamar con su voz profunda y tono significativo: