Rojo y blanco

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Y colocó dos napoleones en la mano que el yacente sacaba por encima de las sábanas. Aquella mano quemaba y su contacto hizo a Luciano sentirse mal.

—A esto se le llama hablar bien —replicó el herido—. Esta mañana ha venido un señor dándome esperanzas para conseguir una pensión… Agua bendita para el corazón…, nada sólido. Pero en el caso de usted, mi teniente, es distinto, yo le hablaré…

Luciano se apresuró a interrumpir al herido, y volviéndose hacia los médicos y cirujanos presentes, que eran siete en total:

—Señor —dijo al cirujano jefe—, supongo que la presidencia de la consulta le corresponde a usted.

—Así lo creo —contestó el aludido—, siempre que mis colegas aquí presentes no opongan ninguna objeción…

—En este caso, como mi deber es rogar a aquel de estos señores a quien tenga usted la bondad de designar para redactar el atestado, que lo haga con todo detalle sobre los extremos que él mismo debe comprender, tal vez sea llegado el momento de que proceda usted a la designación de la persona encargada de escribir…

Y como sea que Luciano oyó que empezaban a hacer en voz baja comentarios poco agradables para el Poder, añadió con el tono más amable posible:

—Será necesario que cada uno de nosotros hable cuando le corresponda.


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