Rojo y blanco
Rojo y blanco «¡Ah!, es el cirujano que rechazó por medio de un puñetazo la idea del opio» —pensó Luciano.
Al cabo de pocos minutos llegó Monod refunfuñando; había sido interrumpido en su cena y pensaba en las posibles consecuencias del puñetazo de la mañana. Cuando supo de qué se trataba, dijo dirigiéndose a Luciano y al cirujano jefe:
—¡Pues bien!, caballeros, es un hombre muerto, esto es todo. Considero un milagro que viva con una bala en el vientre, y no solamente con una bala, sino también con hilachas de trapo y otras cosas. Tengan presente que me ha sido imposible sondar una herida de tal naturaleza. La piel presenta quemaduras producidas por la camisa que ardió.
Mientras hablaba llegaron al lado del herido. A Luciano le pareció que tenía aspecto resuelto y poco pillo, mucho menos pillo que el de Desbacs.
—Señor —le dijo Luciano—, he recibido esta carta de la señora Kortis…
—¡Señora! ¡Señora! Curiosa señora, que dentro de poco tiempo tendrá que ir a mendigar su pan…
—Señor, pertenezca usted al partido que sea, res sacra miser, el ministro no quiere ver en usted más que a un hombre que sufre.
»Dicen que usted ha sido militar… Yo soy subteniente del 27.º de lanceros… En calidad de camarada, permítame que le ofrezca una pequeña ayuda temporal…