Rojo y blanco

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—¡Repetida, caballero; olvida usted las cosas! Tengo el honor de darle mi palabra de que todo cuanto sea dicho aquí, será fielmente reproducido en el atestado. Lo que usted diga, y mi contestación.

Las palabras de Luciano, como representación teatral, no estaban del todo mal; pero mientras las pronunciaba se puso colorado, lo que podía echar a perder el efecto producido.

—Todos nosotros no deseamos otra cosa que la curación del herido —dijo el médico de más edad para meter baza en la conversación.

Abrió la puerta, empezaron a andar a través de los patios y corredores del hospital y el médico que había hecho una objeción quedó apartado de Luciano. En los patios se unieron al cortejo tres o cuatro personas más. Finalmente, el cirujano jefe llegó cuando estaban abriendo la puerta de la sala en donde se hallaba Kortis. Entraron en las habitaciones de un portero.

Luciano rogó al cirujano jefe que se acercara con él a un quinqué, hizo que leyera la carta del ministro y le explicó brevemente cuanto había sucedido desde su llegada al hospital. El cirujano jefe era un hombre digno y a pesar de un cierto aire de énfasis burgués, no carecía de tacto. Comprendió en seguida que el asunto podía revestir importancia.

—No hagamos nada sin la presencia de Monod —dijo a Leuwen—. Vive a dos pasos del hospital.


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