Rojo y blanco

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—Si quiere mostrarse bueno conmigo, debo decirle que no me dejaré curar más que cuando se halle usted presente… El hijo del señor Leuwen, el rico banquero que mantiene a la señorita Des Brins de la Opera… Ya que, comprenda usted, mi teniente… —dijo elevando de nuevo la voz—, cuando vean que no quiero beber el opio… mientras me curan, ¡zas!, un golpe de bisturí puede darse con mucha rapidez, aquí, en el vientre. ¡Y esto me pone fuera de mí! ¡Fuera de mí!… No durará, no puede durar. Para mañana, quiere dar órdenes para que… ya que me parece que usted puede dar órdenes aqu… ¿Y a cuento de qué puede usted dar órdenes aquí? ¡Sin uniforme!… En fin, si por 16 menos me curaran delante de usted… Y el cirujano alto y fuerte, ¿ha dicho sí o no? Esto es lo importante.

Su cabeza empezaba a turbarse.

—No hable usted —dijo Luciano—, y le tomo bajo mi protección. Voy a mandar llamar a su esposa.

—Es usted una buena persona… El rico banquero Leuwen, con su señorita Des Brins, esto no concuerda… Pero ¿y el general N…?

—Realmente, esto no concuerda. Pero absténgase usted de hablar del general N… ni de nadie, y le entregaré diez napoleones.

—Cuéntemelos en la mano… Levantar la cabeza me produce dolores en el vientre.


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