Rojo y blanco

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Luciano fue contando los napoleones en voz baja, haciéndolos sonar mientras los iba depositando en la mano del herido.

—Chitón —dijo éste.

—Chitón, muy bien dicho. Si habla usted de ello le robarán sus napoleones. No hable con nadie más que conmigo, y aun cuando nos hallemos solos. Vendré a verle todos los días hasta que se encuentre usted en la convalecencia.

Pasó todavía algunos momentos más al lado del herido, el cual parecía estar perdiendo el conocimiento y luego salió corriendo, dirigiéndose a la calle de Braque, donde vivía Kortis. Encontró a su mujer rodeada de comadres, a las cuales hubo mucha dificultad en hacer que se retiraran.

Aquella mujer se echó a llorar, quiso que Luciano viera a sus hijos que estaban durmiendo apaciblemente.

«Todo esto es mitad naturalidad y mitad comedia —pensó Luciano—. Habrá que dejarla hablar hasta que se canse».

Al cabo de veinte minutos de monólogo y de infinitas precauciones oratorias, ya que el pueblo de París ha copiado de la buena sociedad su odio hacia los pensamientos presentados bruscamente, la señora de Kortis mencionó la palabra opio.


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