Rojo y blanco

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—Sí —dijo él negligentemente—, se dice que los republicanos han querido hacerle beber opio a su marido, pero el gobierno del rey vela por todos los ciudadanos. En cuanto recibí la carta de usted, llevé junto a la cama de su esposo a siete médicos y cirujanos. Aquí está el resultado de la consulta que tuvieron —dijo colocando el papel en manos de la señora Kortis.

Se dio cuenta de que ella no sabía leer.

—¿Quién se atreverá ahora a suministrar opio a su esposo? De todos modos, él se halla preocupado con esta idea y ello puede empeorar su estado…

—Es hombre perdido —dijo ella fríamente.

—Se equivoca, señora; ya que no se ha presentado la gangrena durante las primeras veinticuatro horas, puede salir de ésta. El general Michaud tuvo la misma herida. Etc., etc.

»Pero no hay que hablar de opio, todo esto no tiene otra utilidad que hacer más violenta la lucha política de los partidos. Es preciso que Kortis no hable de ello. Deje usted a sus hijos al cuidado de una vecina, a la cual puede darle cuarenta sueldos diarios; yo pagaré una semana anticipada. Y usted, señora, podrá ir al lado de su esposo.

Al oír aquellas palabras, toda la elocuencia de la expresión patética de la señora Kortis pareció abandonarla. Luciano continuó:


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