Rojo y blanco
Rojo y blanco —Su esposo no beberá ni comerá nada, que no haya sido preparado por usted con sus propias manos…
—¡Condenación! Señor, un hospital es algo muy deprimente… Por otra parte, mis pobres hijos, mis huérfanos, ¿cómo serán cuidados, lejos de la mirada de una madre?… Etc., etc.
—Como desee, señora, ¡ya que es usted tan buena madre!… Lo que me preocupa es que puedan robarle…
—¿A quién?
—A su marido.
—¡Eso sà que no lo creo! ¡Me traje veintidós libras y siete sueldos que tenÃa encima…! Le llené su petaca a ese pobre y querido hombre, y le di diez sueldos de propina al enfermero…
—¡Muy bien hecho! Una medida muy prudente… Pero bajo la condición de que no hable de polÃtica ni de opio, asà como usted tampoco, he entregado al señor Kortis doce napoleones.
—¿Napoleones de oro? —interrumpió la señora Kortis con aspecto avinagrado.
—SÃ, señora, doscientos cuarenta francos —dijo Luciano con mucha indiferencia.
—¿Y es preciso que no hable?…
—Si quedo contento de él y de usted, les entregaré un napoleón más cada dÃa.
—¿Veinte francos? —preguntó la señora Kortis con los ojos extraordinariamente abiertos.