Rojo y blanco

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—¡Pardiez!, señor, tengo el honor de repetirle a usted, que soy portador de una orden expresa y personal del señor ministro del Interior. Tenga la seguridad de que entraré. Llame a la guardia si quiere, pero entraré por las buenas o por las malas. Tengo el honor de decirle una vez más, que soy el señor Leuwen, consejero de Estado y secretario particular de Su Excelencia…

Mientras, cuatro o cinco criados habían acudido a la puerta del salón. Luciano vio que se vería obligado a tener que luchar con aquella canalla, no sabía qué hacer, estaba encolerizado. Tuvo la idea de arrancar los cordones de las campanillas a fuerza de sonar.

Por el saludo que hacían los criados, se dio cuenta de que el señor conde de Beausobre, ministro de Asuntos Exteriores, entraba en el salón. Luciano no le había visto nunca antes.

—Señor conde, mi nombre es Leuwen y soy consejero de Estado y secretario particular de Su Excelencia el señor ministro del Interior. Tengo que presentar a Su Excelencia un millón de disculpas. Pero estoy buscando al señor conde de Vaize desde hace dos horas y por orden expresa suya, ya que es preciso que le hable sobre un asunto importante y urgente.

—¿Qué asunto… urgente? —dijo el ministro con una rara fatuidad, poniendo rígida su corta estatura.


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