Rojo y blanco

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«Pardiez, que he de hacerte cambiar de tono», pensó Luciano y añadió con perfecto dominio de sí mismo y con una pronunciación intencionada:

—El asunto Kortis, señor conde, aquel hombre que fue herido en el puente de Austerlitz por un soldado al que quería desarmar.

—¡Váyanse! —ordenó el ministro a los lacayos. Y como sea que el ujier se quedaba—: ¡He dicho que se vayan!

Una vez hubo salido el ujier, dijo a Leuwen:

—Caballero, la palabra Kortis hubiera sido suficiente, sin necesidad del resto de las explicaciones.

La impertinencia del tono de voz y de su actitud era singular.

—Señor conde, yo soy nuevo en estos asuntos —añadió Luciano con acento significativo—. En el círculo de amistades de mi padre, el señor Leuwen, no estoy acostumbrado a ser recibido con la acogida que Su Excelencia me dispensa. Deseaba terminar lo más rápidamente posible un estado de cosas desagradable y poco conveniente.

—¿Cómo dice, señor, poco conveniente? —dijo el ministro hablando con la nariz, al tiempo que levantaba aún más la cabeza y parecía redoblar su impaciencia—. Mida usted sus palabras.


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