Rojo y blanco

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—Si añade usted una sola palabra en este tono, señor conde, presento inmediatamente mi dimisión y mediremos nuestras espadas. La fatuidad, señor, nunca ha logrado imponérseme.

El señor de Vaize llegó en aquel momento procedente de un despacho alejado, para enterarse de lo que sucedía; oyó las últimas palabras de Luciano y comprendió que podía ser él precisamente la causa indirecta del ruido.

—Por favor, amigo mío, por favor —dijo a Luciano—. Mi querido colega, es el joven oficial de quien le hablé. No sigamos por este camino.

—Hay una sola manera de dejar las cosas como están —prosiguió Luciano con una sangre fría que sumió a los dos ministros en el más profundo silencio—. Únicamente existe una manera —repitió con aire glacial—: y es la de no añadir ni una sola palabra sobre este incidente, y dejar supuesto que el ujier me ha anunciado a Su Excelencia.

—Pero, caballero —dijo el señor de Beausobre, ministro de Asuntos Exteriores, estirándose excesivamente.

—Tengo que pedir a Su Excelencia un millón de perdones; pero si añade una sola palabra, presento la dimisión al señor de Vaize, aquí presente, y le insulto a usted, a usted, caballero, de manera que no pueda eludir concederme una reparación.


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