Rojo y blanco

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—¡Vamos! ¡Vamos! —exclamó el señor de Vaize muy preocupado y llevándose a su secretario.

Éste aguzó el oído para poder oír lo que diría el señor conde de Beausobre. Pero no oyó nada.

Una vez en el coche rogó al señor de Vaize, que empezaba un discurso del género paternal, que le permitiera en primer lugar informarle del asunto Kortis. Dicho informe fue muy extenso. Al empezar, Luciano mencionó el atestado y la consulta. Al final de la explicación, el ministro le pidió ambos documentos.

—Los he dejado olvidados en casa —respondió Luciano.

«Si el conde de Beausobre quiere llevar las cosas adelante —pensó—, estos documentos pueden demostrar que yo tenía razón al desear informar inmediatamente al ministro del Interior, y que no soy un pedigüeño que llama a su puerta».

Al llegar a la calle de Grenelle, el asunto Kortis estaba terminado. El señor conde de Vaize intentó volver a emplear su elocuencia untuosa y paternal.

—Señor conde —le interrumpió Luciano—, he estado trabajando para Su Excelencia desde las cinco de la tarde. Acaba de dar la una, permítame que suba a mi cabriolé, que viene siguiendo a este coche. Estoy muerto de cansancio.

El señor de Vaize intentó reemprender su tono paternal.


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