Rojo y blanco

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—No hablemos más del incidente —añadió Luciano—; cualquier palabra puede envenenar la cuestión.

El ministro le dejó partir; tomó el cabriolé y dijo a su criado que subiera también para acompañarle: se hallaba verdaderamente muy fatigado. Al pasar por el puente de Luis XV, su criado le dijo:

—Por allí va el ministro.

»A pesar de lo avanzado de la hora, regresa a ver a su colega —pensó Leuwen—, y seguramente yo seré el tema de su conversación. ¡Pardiez!, no es que me guste mucho mi empleo, pero si me destituyen, obligaré a este presuntuoso a echar mano a la espada. Estos caballeros pueden ser todo lo mal educados e impertinentes que quieran, pero deben saber elegir las personas a las cuales hacen objeto de sus impertinencias. Con los Desbacs, que quieren hacer fortuna a costa de lo que sea, puede pasar; pero conmigo, eso es imposible.

Al llegar a casa encontró a su padre que, con la palmatoria en la mano, subía a acostarse. A pesar del apasionado deseo que sentía de tener la opinión de un hombre tan inteligente se dijo:

«Por desgracia, es viejo, y no hay que privarle de unas horas de sueño. Dejemos los asunto para mañana».

Al día siguiente, a las diez, se lo contó todo a su padre, que se echó a reír.


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