Rojo y blanco

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El señor Leuwen tuvo el maligno placer de prolongar la conversación así iniciada. Al salir del edificio del ministerio de Asuntos Exteriores, el banquero se dirigió al palacio real, a ver al rey, del cual había obtenido una audiencia. Repitió al rey exactamente la conversación que acababa de sostener con el ministro de Asuntos Exteriores.

—Ven —dijo el señor Leuwen la regresar a casa a su hijo—, que te repita por segunda vez la conversación que he tenido el honor de sostener con los ministros a los cuales faltas al respeto. Pero para no exponerme a una tercera repetición, vayamos adonde está tu madre.

Al final de la conferencia, nuestro héroe se creyó en el deber de dirigir a su padre algunas palabras de agradecimiento.

—Sin darte cuenta, amigo mío, te estás volviendo vulgar. Nunca me has proporcionado tanta diversión como desde hace un par de meses. Te soy deudor del interés de juventud con el cual sigo los asuntos de la Bolsa desde hace quince días, ya que debo situarme en la posición conveniente para poder hacer alguna buena jugada a mis dos ministros, en el caso de que se permitan contigo cualquier rasgo de fatuidad. En fin, te quiero, y tu madre podrá decirte que hasta aquí, para emplear una frase de los libros antiguos, la amaba a ella en ti. Pero mi afecto debe costarte alguna preocupación.


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