Rojo y blanco

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—Nadie, señor conde, rinde más justicia que yo a la habilidad de Su Excelencia; pero hay que reconocer que dispone usted de grandes medios. Cuarenta personas cubiertas de títulos y de cordones, que si fuera preciso podría nombrar, cinco o seis grandes damas pertenecientes a la más alta nobleza y bastante ricas, gracias a la benevolencia de Su Excelencia, pueden hacer a mi hijo el honor de ocuparse de él, indigno consejero. Todos estos respetables personajes pueden hacer correr la voz, suavemente, de que es saint-simoniano. Fácilmente se podría decir también de él que en alguna ocasión esencial le ha faltado valor. Aún podría hacerse algo mejor, lanzarle dos o tres de esos recomendables personajes de que he hablado, los cuales, en su juventud, fueron también irnos espadachines. O bien, si se deseara tener un poco de indulgencia y bondad hacia mis canos cabellos, unos personajes como el señor conde de…, el señor de…, el señor barón de… que posee cuatrocientos mil francos de renta o el señor marqués de…, podrían limitarse a decir que el joven Leuwen gana siempre al écarté. Por lo qué, señor conde, en su calidad de ministro de Asuntos Exteriores, vengo a ofrecerle la guerra o la paz.





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