Rojo y blanco

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—Si no hubieras tenido éxito en la carrera de las especulaciones —le decía su mujer, que le adoraba—, no lo habrías podido conseguir en ninguna otra. Explicas inocentemente una anécdota y no te das cuenta de que hieres mortalmente dos o tres convicciones.

—He tenido en cuenta este defecto: todo hombre solvent e puede estar siempre seguro de encontrar en mis cajas mil francos ofrecidos de todo corazón. En fin, desde hace diez años ya no se me discute, se me acepta.

El señor Leuwen nunca decía la verdad a nadie más que a su mujer, pero a ella se la decía toda; constituía para él como una especie de segunda memoria, en la cual confiaba más que en la suya propia. Al principio había deseado imponerse alguna reserva, cuando su hijo estaba presente en las conversaciones con su esposa, pero dicha presencia le era incómoda y estropeaba lo que pensaba decir (la señora Leuwen tenía sumo gusto en no privarse de la presencia de su hijo); le juzgaba muy discreto, y había terminado por explayarse libremente delante de él.

El mundo interior de aquél anciano, cuyas hirientes sátiras causaban tanto respeto, era muy alegre.

En la época en que nos encontramos, se halló durante unos días triste y preocupado; por la noche jugaba fuerte y se permitía incluso realizar jugadas de Bolsa; la señorita Des Brins dio dos o tres recepciones con baile, en las cuales él hizo los honores.


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