Rojo y blanco
Rojo y blanco Una noche, a las dos de la madrugada, al regresar de una de dichas recepciones, encontró a su hijo que se estaba calentando en el salón, y su preocupación estalló.
—Echa el cerrojo a esta puerta.
Y al regresar Luciano cerca de la chimenea para seguir calentándose, añadió con mal humor:
—¿Sabes el ridículo espantoso en el cual he caído?
—¿En cuál, padre? Nunca lo hubiera podido pensar.
—Te quiero, y en consecuencia me haces sentir desdichado; pues la primera de las tonterías es amar —añadió animándose cada vez más y adoptando un aire serio que su hijo no había visto nunca en él—. En mi larga vida no he conocido más que una sola excepción, pero ésta, como digo, es única. Amo a tu madre, es necesaria a mi vida y jamás me ha proporcionado el más mínimo sufrimiento. En lugar de considerarte como un rival en su corazón, me he puesto a amarte, y éste es un ridículo en el que me había prometido no caer nunca; ahora me quitas el sueño.
Al oír aquello, Luciano también se puso serio. Su padre jamás exageraba, y comprendió que tendría que enfrentarse con un verdadero acceso de cólera.