Rojo y blanco
Rojo y blanco El señor Leuwen se sentÃa tanto más irritado, cuanto que se habÃa prometido, desde hacÃa quince dÃas, no hablar con su hijo de lo que le estaba atormentando.
De repente, el señor Leuwen se separó de él.
—Haz el favor de esperarme —dijo con amargura.
Regresó a los pocos momentos con una cartera de piel de Rusia.
—Tómala, contiene doce mil francos. Si no los tomas creo que nos enfadaremos.
—El tema de la discusión serÃa nuevo —dijo Luciano sonriendo—. Se han cambiado los papeles y…
—SÃ, no está mal. He aquà algo de inteligencia. Sin embargo, ya va siendo hora de que sientas una gran pasión por la señorita Gosselin. Pero no vayas a darle tu dinero y escapar después a uña de caballo al bosque de Meudon o al infierno, como es tu noble costumbre. Se trata de que pases las veladas con ella, que le dediques todos tus momentos, que obres como un loco.
—¡Loco yo por la señorita de Gosselin!
—¡El diablo te lleve! Loco por la señorita de Gosselin o por cualquier otra, ¡qué importa! Es necesario que la gente sepa que tienes una amante.
—¿Y cuál es, padre, la razón de una orden tan severa como ésta?