Rojo y blanco
Rojo y blanco —La conoces perfectamente. ¡Ahora resulta que te comportas de mala fe al hablar con tu padre, que no procura otra cosa que salvaguardar tus intereses! ¡Qué el diablo te lleve, y que después de haberte llevado no te devuelva jamás! Estoy seguro de que si paso dos meses sin verte, dejaré de pensar en ti. ¿Por qué no te habrás quedado en Nancy? Allà te iba bastante bien, habrÃas sido el digno héroe de dos o tres gazmoñas morales.
Luciano se puso colorado.
—En la posición que te he proporcionado, tu maldito aspecto de seriedad e incluso de tristeza, tan admirado en provincias, en las cuales constituye la exageración de moda, no sirve más que para hacer que recaiga sobre ti el ridÃculo abominable de no ser, en el fondo, más que un condenado saint-simoniano.
—¡Pero si yo no soy ningún saint-simoniano! Creo habértelo demostrado.
—¡Pues bien, puedes serlo, y aún mucho más idiota que esto, pero no lo parezcas!
—Está bien, padre, procuraré ser más parlanchÃn, mostrarme más alegre, y pasaré en la ópera dos horas en lugar de una.