Rojo y blanco
Rojo y blanco —Tengo miedo de que vayas a burlarte de mà —dijo Luciano con una voz que parecÃa iba a apagarse a cada instante—. Cuando me dedicas algún epigrama, me parece tan bueno que me lo repito, a pesar mÃo, durante ocho dÃas consecutivos, y el Mefistófeles que hay en mÃ, triunfa sobre la parte operante de mi ser. Te ruego no bromees sobre una cosa que sin duda conoces, pero de la cual no he hablado con nadie.
—¡Diablo!, esto es nuevo. En este caso, no te hablaré jamás del asunto.
—Sigo —continuó Luciano con voz entrecortada y rápida, mirando al suelo—, siendo fiel a una mujer que nunca ha sido mÃa. La moral tiene tan poca importancia en mis relaciones con la señorita Raimunda, que éstas no me producen el menor remordimiento; y no obstante… (vas a burlarte de mÃ) alguna vez sà que me los proporciona… cuando la encuentro atractiva. Pero cuando no me siento atraÃdo por ella, soy demasiado triste y me vienen al pensamiento ideas de suicidio, ya que nada es capaz de divertirme… Corresponder a tu ternura, constituye únicamente un deber menos penoso que los demás. No he encontrado distracción completa más que junto a la cama de aquel desventurado Kortis… y aún ello, ¡a qué precio! Allà rocé la infamia… Pero ya sé que te burlarás de mà —dijo Luciano atreviéndose tÃmidamente a levantar la mirada.