Rojo y blanco
Rojo y blanco —¡En absoluto! Feliz el que tiene una pasión, aunque esté enamorado de un brillante, como aquel español cuya historia nos narra Tallemand des Réaux. La vejez no es más que la privación de locuras, la falta de pasión y de ilusión. Coloco la ausencia de disparates mucho antes que la disminución de la potencia física. Yo mismo desearía estar enamorado, aunque fuera de la cocinera más fea de París, y que ella correspondiera a la llama de mi amor. Me diría, como San Agustín: Credo quia absurdum. Cuanto más absurda sea tu pasión, tanto más despertará mi envidia.
—Por favor, no hagas jamás ninguna alusión indirecta, y que pueda ser únicamente comprendida por mí, sobre esta pasión.
—¡Jamás! —exclamó el señor Leuwen; y su Cara adoptó un aspecto tal de seriedad como nunca Luciano había visto en él.
Y era que el señor Leuwen jamás se mostraba completamente serio; cuando no había nadie de quien burlarse, lo hacía de sí mismo, a veces sin que la misma señora Leuwen se diera cuenta de ello. Aquel cambio de fisonomía agradó a nuestro héroe y dio valor a su debilidad.