Rojo y blanco

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—¡Pues bien! —prosiguió con voz más tranquila—, si hago la corte a la señorita Gosselin o a cualquier otra mujer célebre, tarde o temprano tendré que mostrarme dichoso, y esto me causa horror. ¿No te importa si entablo relaciones con una mujer decente?

El señor Leuwen se echó a reír.

—No… no te… enfades —dijo tosiendo—. Seré fiel a nuestro tratado, no es de la parte secreta del mismo de lo que me río… ¿Y dónde diablos encontrarás a esa mujer decente?… ¡Ah, Dios mío! (y reía hasta saltársele las lágrimas) y cuando por fin un hermoso día… tu honesta mujer te confiese que es sensible a tu pasión, cuando por fin suene la hora del cazador… ¿qué hará el cazador?

—Le reprochará gravemente aquella falta de virtud —contestó Luciano con gran sangre fría—. ¿No será ello digno de este siglo tan moralizador?

—Para que la broma fuese completa, se debería elegir tal mujer en el faubourg Saint-Germain.

—Pero tú no eres ningún duque, y yo no sé demostrar espiritualidad ni alegría empleando dos o tres prejuicios absurdos, de los cuales nos reímos incluso en nuestros salones del justo medio, tan estúpidos por otra parte.

Mientras hablaba, Luciano empezó a pensar en lo que se estaba comprometiendo insensiblemente; volvió en seguida a su aire triste, y a su pesar, dijo:


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