Rojo y blanco
Rojo y blanco —¡Vaya, padre, una gran pasión! ¿Con sus asiduidades, su constancia y las preocupaciones de todo momento?
—SÃ, precisamente esto.
—¡Pater meus, transeat a me calix iste[2]!
—Pero tú comprendes mis razones.
—Estoy de acuerdo contigo, en que la diversión serÃa mucho más interesante con una mujer virtuosa de la más elevada piedad y situación social, pero tú no eres persona para ello, y además el poder, que es algo importante, se está apartando de este tipo de gente, y viene hacia nosotros. ¡Pues bien!, entre los nuestros, nobleza de nuevo cuño, obtenida aplastando o escamoteando la Revolución de Julio…
—¡Ah, ya veo adónde quieres ir a parar!
—¡Bien! —dijo el señor Leuwen con el tono de la más perfecta buena fe—. ¿Dónde quieres encontrar algo mejor? ¿No se trata de una mujer virtuosa como las del faurbourg Saint-Germain?
—Del mismo modo que Dangeau no era un gran señor, pero era como un gran señor. ¡Ah!, en mi opinión es demasiado ridÃcula; ¡jamás podrÃa acostumbrarme a sentir una gran pasión por la señora Grandet! ¡Dios mÃo, qué torrente de palabrerÃa! ¡Qué pretensiones!