Rojo y blanco
Rojo y blanco —Pero, caballero —dijo Luciano—, ¿qué me importan a mà las ridiculeces de ese viejo? Hábleme usted de la señora de Chasteller.
—Ella reúne a toda la sociedad en su casa cada viernes, para predicar ni más ni menos que como un cura, habla como un ángel, según dicen sus criados; todo el mundo la considera; hay dÃas en que los hace llorar. Malditos animales, como yo les digo; está rabiosa contra el pueblo y, si pudiera, nos encerrarÃa a todos en el monte Saint-Michél. Pero, a pesar de esto, les conmueve, y ellos la quieren.
»Critica bastante a su padre, según dice el ayuda de cámara, del cual no puede ni ver a su hermano menor, presidente del Tribunal real de Metz, porque ha prestado juramento; llama a esto ensuciarse. Ningún individuo perteneciente al justo medio es recibido en su cÃrculo. Este prefecto lechuguino que le ha vendido a usted su caballo, bebe sus afrentas como si fueran agua; no se atreve ni a presentarse en casa de la señora de Chasteller. Cuando va a visitar a la señora de Hoquincourt, la más pimpante de nuestras damas, ésta se asoma a la ventana que da a la calle, y le hace decir por el portero que no está en casa. Pero perdóneme, el señor pertenece al justo medio, me olvidaba de ello.
Esta última palabra fue pronunciada con bondad; la hubo también en la contestación de Luciano,