Rojo y blanco
Rojo y blanco »Todas las mañanas, el señor de Chasteller hacía enganchar su coche para ir a misa a la iglesia que está a cincuenta pasos de su casa. Un coche inglés que costó diez mil francos por lo menos y que, no producía el menor ruido sobre el pavimento de las calles; decía que aquello era necesario para el pueblo. Era hombre que se sentía orgulloso por todo lo que era y poseía, los domingos iba siempre de gran gala a la misa mayor, con cordón rojo por encima de su uniforme, rodeado de cuatro lacayos con librea de gran solemnidad y guantes amarillos. Y a pesar de todo esto, al morir, no dejó ni un franco a su servidumbre, porque, según dijo al vicario que le asistió en sus últimos momentos, no eran más que un hato de jacobinos. Pero la señora, que se ha quedado en este mundo, y que tiene miedo, ha hecho ver que aquello no era más que un olvido en el testamento, ha concedido algunas pequeñas pensiones, o bien ha conservado a su servicio a la mayoría de los criados de su esposo, y aun a veces, por cualquier cosa, les hace regalos de hasta cuarenta francos. Ocupa todo el primer piso de la casa de los Pontléve; es allí donde la ha visto usted; pero su padre exige que pague alquiler. Paga por él cuatro mil francos, a pesar de que el marqués no hubiese alquilado jamás aquel primer piso por más de cien luises. Es un avaro tremendo; pero, por otra parte, habla con todo el mundo y muy amablemente; dice a todo aquel que le quiere escuchar, que va a volver la República, y una nueva emigración; que cortarán la cabeza a los nobles y a los curas, etc. El señor de Pontléve pasó verdadera miseria durante la primera emigración; se dice que en Hamburgo había trabajado como encuadernador, y la verdad es que se pone rojo de indignación si se habla de libros delante de él. El hecho es que cuenta, para caso de necesidad, con las rentas de su hija; por eso no quiere perderla de vista; ha dicho a uno de mis amigos…