Rojo y blanco

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Luciano se paseaba por la habitación y no contestó.

—Si eres tú quien debe firmar el tratado, podemos firmarlo inmediatamente, y me desearás las buenas noches, ya que —añadió sonriendo—, después de hace quince días, a causa de tus lindos ojos, estoy sin dormir.

Luciano se detuvo en su paseo, le miró y se lanzó en sus brazos. El señor Leuwen fue muy sensible a aquel abrazo: ¡contaba sesenta y cinco años!

Mientras estaba abrazado a él, Luciano le dijo:

—¿Será éste el último sacrificio que me pedirás?

—Sí, amigo mío, te lo prometo. Aceptándolo me haces feliz. ¡Adiós!

Leuwen se quedó en el salón profundamente pensativo. La verdadera emoción de un hombre tan insensible al pronunciar las palabras me haces feliz, resonaba aún en sus oídos.

Pero, por otra parte, intentar la conquista de la señora Grandet le parecía algo horrible, una hidra de disgusto, de aburrimiento y de desdicha.


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