Rojo y blanco
Rojo y blanco «Tener que renunciar —se decÃa— a lo más hermoso, emotivo y sublime de cuanto hay en el mundo, no era, pues, lo bastante para mi triste suerte: es preciso que pase mi vida ocupado en algo vulgar y ruin, empleando en todo momento una afectación, que represente exactamente todo lo que hay de vulgar, de grosero y de odioso en el mundo actual. ¡Ah, mi destino es intolerable!
»Veamos lo que dice la razón —se dijo repentinamente—. Aun cuando no tuviera hacia mi padre ninguno de los sentimientos que le debo, en estricta justicia estoy obligado a acatar sus órdenes o deseos; ya que lo que me dijo un dÃa Ernesto, es verdad: voy demostrando mi incapacidad para ganar noventa y cinco francos al mes. Si mi padre no me diera lo que necesito para vivir en ParÃs, lo que me verÃa obligado a hacer para ganarme la vida, ¿no serÃa mucho más desagradable que hacerle la corte a la señora Grandet? No, y mil veces no. ¿Para qué engañarse uno mismo?