Rojo y blanco
Rojo y blanco »En su salón puedo pensar, puedo hallar en él a personajes ridículos y curiosos, a hombres célebres. Encerrado en la oficina de algún comerciante de Amsterdam o de Londres, corresponsal de la Casa de mi padre, mi pensamiento se vería constantemente encadenado a lo que estuviera escribiendo, so pena de cometer errores. Preferiría reanudar la vida de guarnición: instrucción por la mañana y billar por la tarde. Con una pensión de cien luises viviría perfectamente. Pero ¿quién me daría estos cien luises? Mi madre. Pero si ella no los tuviera, ¿podría yo vivir con el producto de la venta de mis muebles y con los noventa y cinco francos al mes?».
Luciano se sumió por mucho tiempo en el examen que debía proporcionarle una respuesta a la última pregunta que se hizo, a fin de no pasar a otro pensamiento mucho más terrible:
«¿Cómo debo arreglármelas mañana para demostrar a la señora Grandet que la adoro?».
Aquellas palabras le fueron lanzando, poco a poco, en un tierno y profundo recuerdo de la señora de Chasteller. Encontró tanto encanto en él que terminó por decirse:
«Mejor será dejar los asuntos para mañana».
Aquel mañana no era más que una manera de hablar, pues cuando apagó la vela de su habitación, los rumores de una madrugada invernal llenaban ya la calle.