Rojo y blanco

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Durante todo el día tuvo mucho trabajo, tanto en su despacho de la calle de Grenelle como en la Bolsa. Hasta las dos estuvo estudiando un extenso reglamento referente a los guardias nacionales, a los cuales había que hacer el servicio cada día más fastidioso ya que, ¿puede reinarse con: una Guardia Nacional?

Desde hacía varios días, el ministro había tomado la costumbre de mandar a Luciano, para su concienzudo estudio, todos los informes de sus jefes de negociado, cuyo examen exigía más sentido común y honradez que conocimientos profundos sobre las cuarenta y cuatro mil leyes, decretos y circulares que rigen el funcionamiento del ministerio del Interior. El ministro había dado a dichos informes de Luciano el calificativo de sumarios sucintos; sin embargo, éstos tenían a veces diez o doce páginas. Leuwen estaba muy ocupado en sus asuntos del telégrafo, y al tener que dejar sobre la mesa algunos informes de esta naturaleza, el ministro le autorizó para que se adscribiera a dos funcionarios y le hizo el sacrificio de la parte posterior de su despacho. Pero en tal posición indispensable, los futuros funcionarios no estarían separados de los asuntos de alta política más que por un tabique, aunque a decir verdad, acolchado a prueba de ruidos. La dificultad radicaba en hallar personas discretas e incapaces de suministrar artículos anónimos a aquel aborrecido National.


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