Rojo y blanco

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«Está iluminando su aspecto vulgar —se dijo Leuwen—. Todos estos rostros abotargados, con cabellos grises, tienen aspecto de decir: “¡Oh, qué magníficos ingresos tengo!”».

Un diputado del centro, amigo de la casa, propuso una partida de billar. Luciano reconoció la voz gruesa que, en la Cámara, está encargada de reír cuando, por casualidad, se presenta alguna moción generosa.

La señora Grandet llamó con prisas a los lacayos para que iluminaran el billar. Todo le parecía a nuestro héroe tener un aspecto nuevo.

«Es buena cosa tener proyectos —pensó—, por muy ridículos que sean éstos. Tiene un talle encantador y el juego de billar proporciona mil ocasiones para adoptar posturas graciosas. ¡Lo curiosos es que las conveniencias religiosas del faubourg Saint-Germain, no se hayan preocupado aún de hacer prohibir este juego!».

En el billar, Luciano empezó a hablar y ya casi no paró. Su jovialidad aumentaba a medida que el éxito de sus frases vulgares y pesadas iba expulsando de su imaginación el embarazo en que le sumió la orden de cortejar a la señora Grandet.

Al principio, sus frases fueron demasiado vulgares; se concedía el placer de burlarse de sí mismo y de lo que decía; se trataba del espíritu de trastienda, anécdotas impresas ya mil veces, noticias que se podían leer en todos los periódicos, etc., etc.


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