Rojo y blanco
Rojo y blanco La propia señora Grandet le contemplaba de modo bastante singular, sin ninguna ternura en su mirada, desde luego, pero bastante extrañada; estaba recordando, con perfecta nitidez, la conversación sostenida con la señora de Thémines unos días antes, y la pasión que según ésta sentía Luciano por ella. Se extrañaba de haber encontrado tan ridículas las aseveraciones de la señora de Thémines.
«Realmente, es hombre presentable —se decía—, y posee mucha distinción».
En la partida, la suerte había dado a Luciano la bola número 6. Un joven alto y silencioso, al parecer mudo admirador de la señora de la casa, tenía el 5 y la señora Grandet el 4. Leuwen intentó eliminar al número 5, lo consiguió, y por ello se encontró que debía jugar contra la señora Grandet y procurar hacerla perder, a lo cual se dedicó con bastante gracia. Intentaba siempre las jugadas más difíciles, y tenía la rara habilidad de no dar jamás con la bola de su adversaria, colocándola al mismo tiempo en posición ventajosa para la de ésta. La señora Grandet estaba contentísima.
«La posibilidad de ganar una partida de veinte francos —se decía Luciano—, ¿dará alguna emoción a esta alma de camarera huésped de un cuerpo tan hermoso? La partida está a punto de terminar; veamos si mis conjeturas son fundadas».