Rojo y blanco

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Luciano se dejó matar; entonces le correspondió al número 7 jugar contra la señora Grandet. Este número pertenecía a un prefecto que se hallaba de permiso, gran charlatán y detentador de toda clase de pretensiones, incluso la de jugar bien al billar. Aquel vanidoso demostraba una exaltación de mal gusto hablando de las tacadas que iba a realizar, amenazando a la señora Grandet de matar su bola o de colocarla en mala posición.

Ésta, viendo que su suerte había cambiado tan radicalmente con la muerte de Leuwen, se puso de mal humor y las comisuras de sus labios, tan frescos, se apretaron contra sus dientes.

«¡Ah, he aquí su manera de enfadarse!», se dijo Luciano.

Al tercer golpe fallido a que le obligaba el implacable prefecto, la señora Grandet dirigió una mirada a Luciano con expresión de pena, a la que éste se atrevió a responder mirando con expresión de deseo las lindas poses que adoptaba la señora Grandet al abandonarse en medio de su dolor por perder. Leuwen, aunque estaba eliminado de la partida, daba vueltas alrededor del billar siguiendo el movimiento de la señora Grandet con ansiedad y el más profundo interés. Adoptó aquella actitud con una afectada vivacidad, y tomó el partido de ella en una discusión, sin motivo sostenida con el prefecto charlatán, que se había quedado solo en la partida con la señora y pretendía ganarle.


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