Rojo y blanco

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Luciano consideró que aquel asunto era por lo menos tan difícil como el del origen de la misa. A las siete y media mandó a su ministro el informe producto de su trabajo, que era por lo menos tan largo como el del ministro, y la puesta en limpio de este último. Su madre había ido poniendo obstáculos durante la cena para prolongarla, y cuando volvió a su casa aquélla no había terminado todavía.

—¿Qué es lo que te hace llegar tan tarde? —preguntó el señor Leuwen.

—El cariño hacia su madre —interrumpió la señora Leuwen—. En realidad, hubiera sido mucho más cómodo para él ir a cenar al restaurante.

Luego añadió, dirigiéndose a su hijo:

—¿Qué es lo que puedo hacer para testimoniarte mi agradecimiento?

—Obligar a mi padre a que me dé su opinión sobre un pequeño opúsculo redactado por mí que tengo en el bolsillo…

Empezaron a hablar sobre Argel, la casbah, cuarenta y ocho millones, trece millones robados, etc., hasta las nueve, y media.

—¿Y la señora Grandet? —preguntó el señor Leuwen.

—La había olvidado completamente…


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