Rojo y blanco
Rojo y blanco —Amigo mÃo, critique lo que yo he hecho implacablemente —le dijo entregándole el expediente—. Encuentre objeciones que hacer. Prefiero ser criticado en secreto por mi ayuda de campo, que por mis colegas en pleno Consejo de Ministros. A medida que vaya repasando las páginas que yo he redactado, hágalas copiar por algún funcionario de confianza aunque tenga mala caligrafÃa. ¡Es un fastidio que la de usted sea tan detestable! Verdaderamente, usted no escribe letras. ¿No podrÃa intentar una reforma en su modo de escribir?
—¿Es que puede reformarse una costumbre? Si asà fuera, ¡cuántos ladrones que poseen una fortuna de dos millones se convertirÃan en personas honradas!
—Este Gandin afirma que el general le ha ofrecido mil quinientos luises para que no hablara… Por otra parte, mi querido amigo, antes de las ocho es necesario tener listo mi informe y puesto en limpio, asà como la crÃtica de usted. Lo llevaré en mi cartera. Pero observe que lo que le pido es una crÃtica sin piedad. Si tuviéramos la seguridad de que su padre no sacarÃa un epigrama de los tesoros de la casbah, pagarÃa a peso de oro su opinión sobre este asunto.
Luciano ojeó la minuta del ministro, que constaba de doce páginas.
—Por nada del mundo leerÃa mi padre un informe tan largo, y además habrá que estudiar detenidamente las pruebas.