Rojo y blanco
Rojo y blanco Cada una de las palabras pronunciadas disminuía sensiblemente, a los ojos de Luciano, la belleza de la señora Grandet. Para colmo de desdichas, ésta intervenía a menudo en aquella discusión, que nunca debió traspasar los umbrales de una portería. Pretendía que el tendero de ultramarinos fuera amenazado indirectamente con la destitución por el tambor de la compañía de granaderos, al que ella conocía mucho.
«En lugar de disfrutar de su posición, pensaba Luciano, esta clase de personas se entretienen en tener miedo, como mis amigos los gentileshombres de Nancy, y me producen verdaderas náuseas».
Leuwen se hallaba a mil leguas de la juvenil sonrisa con la cual había entrado en aquel magnífico salón, que ahora le parecía convertido en cuchitril de portera.
«La conversación de las muchachas de la Ópera es sin duda mucho menos innoble que éste, se dijo. ¡Qué época tan curiosa! Estos franceses, tan felices en cuanto consiguen labrarse una posición económica, se preocupan por tener miedo. Pero quizás estas nobles almas del justo medio son incapaces de disfrutar de serenidad en cuanto exista la posibilidad de un peligro en el mundo».
Dejó de escucharles. Advirtió, sin embargo, que la señora Grandet no le recibía muy amablemente; se sintió divertido y dijo para sí: