Rojo y blanco

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«Había abrigado esperanzas de que mi favor duraría por lo menos quince días. Antes de transcurridos, esta cabeza a pájaros se ha cansado ya de una idea o de un pensamiento».

El tono ligero y acerado de los pensamientos de Luciano hubiese sido considerado perfectamente ridículo por una persona con capacidad política. Era él quien tenía la cabeza a pájaros: no se había dado cuenta del verdadero carácter de la señora Grandet. Aquella mujer joven, tan fresca de cutis, tan ocupada en los frescos de su galería de verano, imitados de los de Pompeya, se hallaba casi continuamente absorta en cálculos de la más profunda política. Era rica como una Rothscild y ansiaba ser una Montmorency.

«Este joven Leuwen, secretario de un ministro, no está del todo mal —pensaba—. Si fuese posible cambiar la mitad de sus verdaderas cualidades en posición mundana que nadie pudiera discutir, sería bueno para cualquier cosa. Tal como le veo ahora, con este aspecto tan sencillo que llega a parecer ingenuidad, aunque noble, es digno de cualquiera de esas mujeres del montón que piensan en galanteos y no en crearse una posición política elevada».

Y sintió horror ante aquella vulgar manera de pensar.


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